jueves, 9 de agosto de 2012

¿Y ahora dónde coño estoy?


El amor. Esa palabra tras la que muchos pasamos corriendo toda nuestra vida. ¿Pero es esto así? ¿Corremos, en una carrera desenfrenada, a lo largo de nuestra vida buscando el amor? ¿O corremos buscando algo que no tenemos ni idea de lo que es?

Por Cristo Rodríguez

Durante gran parte de mi vida, y de este blog en concreto, he dicho muchas veces ir buscando EL AMOR, no un amor cualquiera que rellenase mi vida con dulces y caramelos, no ese no el otro, el grande. El caso es que, de un tiempo a esta parte, cada vez que pienso en tener una relación estable con alguien en concreto, el ligue de turno por ejemplo, me entran unas horribles ganas de vomitar. Así, sin más, no importa lo maravilloso que ese alguien sea, mi estómago comienza a revolucionarse y empiezo a sentir una sensación extraña en mi garganta, algo así como si unas pequeñas manos internas la estrujasen desde dentro. No me cuesta respirar ni nada de eso. Lo único que me ocurre, con esas ideas de formar una pareja,  es que estoy a punto de vomitar. Con lo cual, para no acabar echando por la boca los maravillosos platos de comida que me meto entre pecho y espalda últimamente, tengo que parar de pensar en ese ligue de turno como una futura pareja.

Esto me ha hecho recapacitar últimamente. Yo, que durante tanto tiempo he perseguido de forma enfermiza, o casi, el amor, me encuentro ahora inhabilitado para ofrecer o tomar parte del juego amoroso. ¿Será que nunca he querido eso en realidad?

Desde pequeño las imágenes de familia perfecta nos invaden allá dónde vamos. Incluso algunos famosos pretenden convencernos de que la familia perfecta existe. Últimamente, y con motivo del movimiento reivindicativo gay a favor del matrimonio homosexual, se nos está incluso vendiendo la perfecta imagen de familia homoparental. Pero, hasta la fecha, yo no he conocido a un matrimonio perfecto en mi vida, más allá de las películas de Hollywood o de las maravillosas postales fotográficas que algunas campañas publicitarias y revistas nos ofrecen. Todas las parejas tienen algún fallo. Todas las parejas que he conocido, hasta las que parecen más perfectas, tienen un resquicio de imperfección visible, que si rascamos con perseverancia se nos muestra una gran montaña de imperfección. Aún así, los medios, nos hacen crecer con la idea, y desgraciadamente el anhelo, de la familia perfecta. ¿Será eso lo que vamos buscando? O peor aun, ¿será eso lo que YO voy buscando?

Cuando era bien pequeño una idea fija fluía libremente por mi cabeza, “no me voy a casar nunca, voy a ser una persona que disfrute vagando por el mundo, descubriendo nuevas ciudades, personas, culturas…”. Con el tiempo esa idea fue siendo emparedada en el muro más interno de mi cabeza por bellas imágenes disneynianas de familias perfectas. El caso es que esa idea de niño ha seguido ahí en mi cabeza durante años, creándose así, sin yo enterarme (mucho), un ser psicopático que a la vez que quería ser libre se empeñaba en buscar el amor y mantener una relación, y así, ninguna de las dos opciones me hacen hoy completamente feliz.

A pesar de ser, en cierta medida, el chico que cuando era niño quería ser, no me siento completo estando en soledad. No se si es por influjo de la cultura de la perfección o si es porque en realidad las personas necesitamos estar acompañadas, por alguien especial, que se encuentre a nuestro lado en el camino. Aunque esta relación este bien lejos de la perfección.

Por ahora, y para no volverme loco, creo que me quedaré con el amor superficial y volátil que ofrecen las relaciones cortas, cosa que últimamente parece satisfacerme mucho más. Tener unas cuantas parejas a la vez, con las cuales ir al cine, cenar, pasear por la ciudad, tomar café y, por supuesto, practicar sexo. Un sexo que cambia constantemente a la vez que las parejas con las que dicho sexo se practica. Eso sí, siendo en todo momento sincero y claro con dichas parejas. Nadie tiene derecho a “joder” la vida de nadie de forma gratuita.

martes, 7 de agosto de 2012

De cuando el sexo era por placer...


Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que practicar sexo era una búsqueda de placer constante. Luego esa búsqueda se enturbió con la llegada del amor y con la perdida de el. Después del amor llega el momento del desfase sexual, lo único que uno necesita es sentirse “querido” de nuevo, pero esa etapa pasa rápido y más rápido aún cuanto más mayor es uno.  Tras esta fase se entra en la normalidad y se vuelve a disfrutar del sexo, pero, por desgracia, esto no ocurre en todos los cosas ni con todas las personas.

Por Cristo Rodríguez

Llevo mucho tiempo sin escribir, lo sé. He estado, aún sigo estando, muy ocupado conociendo las diversas oportunidades sexuales que ofrece esta ciudad. También estoy enfrascado en la búsqueda de trabajo, que todo no puede ser follar, comer, dormir y disfrutar. Pues en el transcurso de este tiempo, que ha pasado desde que no escribo, he conocido/descubierto a varias personas. Algunas de ellas me han gustado más otras menos y viceversa. El caso es que hay uno de ellos a los que yo le he gustado un poco más de lo debido, en el terreno sexual me refiero, y, por lo tanto, no para de requerir mis servicios a través de mensajes de texto, llamadas y diversas páginas de contactos masculinas.

Cuando hablamos todo se sumerge en sexo, de él emanan solamente comentarios sexuales, habla sobre mi entrando en él, habla sobre cuanto me necesita dentro, de cuanto le gusta mi pene, de las cosas que haremos y desharemos… Eso no esta mal sino fuera por que esta persona en cuestión, llamémosle “O”, necesita tener mucho sexo porque está siempre caliente, se masturbarse varias veces al día, su record está en siete y subiendo. Algo que yo no puedo, en mi situación actual de treintañero sin una estabilidad ni física ni psíquica, satisfacer. Con lo cual mi nivel de agobio es, quizá, entendible.

Cuando quedamos tengo la sensación de que tengo que dar la talla, debo estar a la altura que un onanírico empedernido merece. Y esto hace que el sexo para mi no sea ni placentero ni divertido ni nada (mi cara se entristece). Entre otras cosas.

“O” tiene la necesidad de tenerme dentro de su cuerpo. Eso quiere decir que EL quiere tenerme dentro de su cuerpo, con lo cual es EL quien quiere manejar toda la situación algo que para mi no es muy placentero, normalmente. “O” me tumba sobre la cama, me succiona un rato, me coloca un condón y se introduce mi pene sin miramientos. Así, como si yo no fuera más que un muñeco, o peor, un dildo, que el utiliza para su placer personal ¡¿Y qué pasa conmigo?!

Pues eso, ¿qué pasa conmigo?, pues yo sigo quedando con él y dándole el placer que puedo y, a su vez, procuro obtener el máximo placer posible. Pero el esfuerzo es sobrehumano y, a veces, arrancarle un trozo de placer a la bestia onanírica y engullona no es tarea fácil. Ahí es cuando me acuardo de que el sexo solía ser placentero.

Ahora estamos en el punto en el que él procura quedar conmigo y yo me busco alguna mala excusa para no quedar con él. Mis esfuerzos no se ven muy recompensados porque él tiene tantas ganas de mí que siempre encuentra el momento para verme y poseerse conmigo. Y a mi me faltan las escusas de vez en cuando…

Por  mi parte no se cual puede ser la solución, bueno sí, sólo se me ocurre que él encuentre otra pieza de caza mejor que yo y que me deje un poco de lado. Lo de terminar con esta “relación” no es  fácil, ya lo he intentado. Dos veces. Y no ha dado resultado. La primera, como suponía que él quería tener una relación seria, le dije que no sentía ni sentiría nada por él y que lo mejor era que no nos viésemos más. Su respuesta fue que no importaba, que mientras que tuviéramos sexo le parecía todo bien. En la segunda intenté por todos los medios encontrarle una pareja que casara con él mejor que yo. Su respuesta no fue mucho más positiva, ninguno le gustaba, con mi insistencia tan sólo conseguí que se abriese un perfil en otra página de contactos.

Por suerte, y a través de ese nuevo perfil, mi adicto amigo tiene una cita esta semana. Sólo me queda cruzar los dedos y encender una vela, cosa que no hago ni por mi, para que esta cita de “O” sea perfecta, se enamore, se case y tenga muchos hijos-perros-gatos-casas-tvdeplasma-mueblesdeikea-etc-etc con un pene más bonito, grande y perfecto que el mío.

P.D. Si leéis estos encended también una vela. Gracias.

miércoles, 25 de enero de 2012

¿Merecemos ser felices?

Esta es una pregunta al parecer estúpida, pero en estos días recorre mi mente. ¿Merezco YO ser feliz? No es la primera vez que me ronda esto por la cabeza y supongo que no será la última. El caso es que la primera respuesta que se me ocurre es que sí. Yo merezco ser feliz al igual que todos. Todos merecemos ser felices. Pero es curioso como mi respuesta y mis actos parecen ir en direcciones opuestas.

Por Cristo Rodríguez

Me explico más detenidamente. En mi vida, normalmente, tomo decisiones que me llevan a caminos que se que no me van ha hacer feliz. Quizá no lo sepa desde el primer momento, pero es algo que puedo llegar a intuir. En mi vida profesional he tomado muchas decisiones pésimas. Esto es algo que vemos con el tiempo pero, tengo que admitirme a mi mismo que de algunas de esas decisiones sabia perfectamente cual sería el resultado final. Esto nos lleva a otra preguntas ¿hay algunas personas que buscamos la infelicidad constantemente? Esto, como concierne normalmente al blog, nos lleva al terreno amoroso. En algunas de mis relaciones el final infeliz estaba cantado desde el principio, pero aún así yo me he lanzado a vivir esas relaciones, ignorando todas las señales y vulnerando todas las precauciones, para acabar, como era evidente, abocado a una seudo-depresión post-ruptura amorosa. La otra opción, en la que yo he roto la relación finalmente, me ha dejado en el cuerpo una sensación de “el malo de la película” que tampoco me ha dado la felicidad.Con lo cual volvemos a la pregunta inicial ¿merezco ser feliz? Y si la respuesta es sí. ¿Porqué elijo y me someto a decisiones que me hacen infeliz? Se me ocurren muchas repuesta y supongo que cada persona tienes las suyas propias. En mi caso el hecho de ser gay y haber escuchado tanto que “estamos enfermos”, que “somos raros”, que “los maricas no merecen ir al cielo (sumun absoluto de la felicidad eterna en una sociedad de educación cristiana como la española)” y tantas otras cosas más pueden estar detrás de el auto-boicot que me provoco asiduamente. En otros casos, algunos amigos y conocidos heterosexuales, las causas pueden ser otras muchas y variadas, y muchas veces estas causas no son tan importantes. Lo importante, según mi punto de vista es darse cuenta de cuando somos un obstáculo para nosotros mismos. Es importante captar cuándo somos nosotros los que intentamos arruinar nuestra propia vida y dejar de tirar balones fuera. Este es un buen paso hacia la felicidad eterna.

Al fin y al cabo los errores no están para no cometerlos sino para aprender de ellos. Y una de las cosas más maravillosas de la vida es seguir aprendiendo cómo somos y continuar creciendo.

En este momento de mi vida creo estar en uno de esos que podríamos considerar de boicot constante, aunque es algo que estoy reevaluando continuamente. Pero en este periodo de mi vida, creo que necesito este momento y que puedo aprender muchas cosas de mi. Hablo de boicot puesto que, en mi búsqueda del amor, la cual le da sentido a este blog (¿y a mi vida?), voy a una media de tres parejas sexuales (diferentes) cada semana. Un ritmo que mi cuerpo no va a poder asumir durante mucho tiempo, pero que, por ahora, me están ayudando a redescubrir quién y cómo soy. Quizá estos pequeños “amores fugaces” son lo que he buscado toda la vida… No creo estar en lo cierto en esto último pero, ¿qué puedo decirme cuando estos encuentros me sientan tan bien? A veces para encontrar la felicidad eterna es importante saber lo que se quiere, ya que muchas veces deseamos algo que alguien (familia, sociedad, televisión…) ha puesto en nuestra cabeza y cuando evaluamos lo que queremos en realidad no tiene nada que ver con nuestra idea primaria.

Esto último nos lleva a otra repuesta mucho más elaborada a la pregunta inicial. Una respuesta a la gallega “sí pero ¿qué es la felicidad para mi?”. Esa es la mejor respuesta que podemos darnos. A veces, aunque parezca absurdo, puede ser que nuestra felicidad se encuentra justo en lo que pensábamos que nos haría infelices. Y el huir de esa supuesta infelicidad es lo que en realidad termina haciéndonos felices. ¿Qué ocurre si lo que yo realmente deseo no es tener una pareja ni el amor eterno sino ir recibiendo un poco de amor de mucha gente diferente en pequeñas dosis a lo largo de mi vida? ¿Qué ocurre si en vez de termina mi vida al lado de alguien la termino al lado de mi mismo? ¿Es eso tan dramático? Desgraciadamente tengo que decir que NO. Eso no es tan dramático. Lo dramático es terminar tus días al lado de alguien porque tienes miedo de estar sólo, lo dramático es andar el camino de tu vida con alguien al lado por el simple hecho de tener miedo ha hacerlo sólo, lo dramático es tener que buscar la felicidad en otro porque no eres capaz de encontrarla dentro de ti y ser feliz contigo mismo.

Resumiendo: Sí, merezco ser feliz y quizá estoy, ahora mismo, más cerca que nunca.

jueves, 19 de enero de 2012

Cuando llega el final

Mi corazón esta repartido por distintas partes del planeta. Una de ellas esta aquí en Oslo, de hecho la ultima de ellas, pero otras muchas se quedaron en Madrid, Barcelona, Plasencia e incluso una pequeña en NY. No podría decir que alguna parte se quedo en Badajoz, exceptuando a mi familia, por supuesto, pero no es de eso de lo que va este blog, por lo menos el amor de y hacia mi familia es algo que no cuestiono en ningún momento hoy por hoy.

Por Cristo Rodríguez

Cada una de las veces que una parte de mi corazón se ha partido y se ha quedado con algunos de los hombres-nombres que considero importantes en mi vida, siempre he pensado lo mismo: no volveré a enamorarme así. Pero el caso es que sí, como bien dice Shakira en el prólogo de su canción “Tú” (de su disco MTV Unplugged) "siempre volvemos a amar". Solo se necesita tiempo para curar las heridas. Unos necesitan meses, otros años y para otros, como Florentino Ariza, protagonista de "El amor en las tiempos del cólera", ni una vida entera es suficiente. Pero por lo menos para él, todos esos años de espera culminaron con el resultado esperado.

En esas me encuentro ahora. ¿Volveré a amar? Aunque ya conozco la respuesta, lo cierto es que siempre queda la duda. Y otra duda viene de la mano, ¿seria él el hombre que he estado buscando? Y esa es la pregunta que más cuesta desterrar de la cabeza. Cuando no somos nosotros los que terminamos una relación, por poco buena que haya sido, siempre nos persigue ese fantasma. Hasta que, por fin, llega el día en que somos nosotros los que, en nuestro interior, por fin acabamos con la relación y por fin hasta esa duda se resuelve. Y sino siempre queda seguir viviendo y que sea el destino quien nos muestre la verdadera respuesta

Ante todas estas pregunta y muchas más, sólo queda una cosa, la más importante. Estar despierto a las pistas que la vida nos lanza y dejarse llevar por el océano que es el destino, con riendas sí, pero flojas. Dejando que los caballos de mar alados nos guíen por el que ha de ser nuestro camino.

martes, 25 de octubre de 2011

El sexo y la demanda

El postulado de la oferta y la demanda del mercado no salieron de la nada. Ya estaban ahí antes de que un listo con más cara que espalda decidiera utilizarlas para unos fines tan oscuros como los del liberalismo (nuevo y antiguo) más exacerbado. Pero como todo no es negro ni blanco ahí está el sexo para demostrarnos, una vez más, que el principio de la oferta y la demanda pueden ser un buen aliado.

Por Cristo Rodríguez

Yo he de decir que aún sigo en una medio-feliz-relación, supongo que la felicidad completa no es posible y más después de casi dos años, que no sabemos cuando durará pero que ahí sigue. Aún así, de vez en cuando a uno le gusta salir a lucirse un poco, por aquello de seguir sintiendo que, aunque poco, vale algo en el mercado y demás. Esa era mi actitud del pasado sábado, quería salir un rato para ver que se cuece por los bares de Oslo y como esta el mercado. Una simple ruta de inspección para ver a como están las ofertas del Día. Por supuesto yo no iba con la idea de que alguien se fijara en mí, con esa idea, o más bien deseo, he salido en Madrid muchas noches y me he vuelto a casa sólo, caliente y con ganas de no salir nunca más.

Así que así estaban las cosas y en dicha ruta de inspección me encontraba cuando, nada más llegar al bar y acudir a la barra a pedirme una bebida de cola, un señor, el número 1, comienza a hablarme. Como vio que no le hacía caso me agarró el brazo. Después de ver mi cara, evidentemente, aparto su mano y sin palabras me pidió perdón. A pesar de la incomodidad de que me tocase un señor así de la nada, sobre todo cuando yo había decidido ignorarlo deliberadamente, alguien se había fijado en mí, y eso era digno de destacar.

Cuando por fin el camarero se digno a atenderme, darme mi refresco (¡sin vaso!), esperar a que me diese el cambio, pedirle por favor un vaso con hielo para echar el refresco y esperar, otra vez, por el vaso que me debería haber dado junto con mi refresco, me adentre en la marabunta de hombres hasta encontrar un lugar en una esquinita donde poder estar tranquilo y mirar si me apetecía, pero no ser visto.

Desde mi posición podía ver una mesa de billar y como unos chicos estaban jugando. Pues allí me quedé observando la partida y bebiendo mi refresco tan tranquilamente. En esto que una presencia comienza a acercarse a mí disimuladamente hasta que el disimulo se convirtió en un “hola, ¿cómo estás?”, todo esto en noruego, por supuesto. Chico número 2. Yo le respondí que bien y el siguió preguntando, hasta que capto mi indirecta de que pasaba de hablar con él, claudicó y se fue.

Una vez liberado de una conversación estúpida que no va a ninguna parte a no ser que el deseo de ambos parlantes sea el de echar un polvo, seguí observando la partida de billar. Al poco rato otro chico, número 3, que llevaba intentando un acercamiento desde antes que el chico nº 2 viniera a hablarme, llegó al punto de borrachero en el cual no te importa lo que pueda pasar, tú te lanzas. “Hola, ¿Cómo estás?”, de nuevo. “Bien gracias”. La conversación de besugos terminó en un obligado “¿te invito a una cerveza?”. Como yo estoy en mi etapa de abstemio y como, por el momento, me puedo pagar mis propias bebidas le insistí mucho en que no quería nada. A pesar de ello él fue a pedir las bebidas.

Entre tanto, y aprovechando la ausencia del susodicho, otro chico, número 4, se acerco a mi con la misma intención que los anteriores pero de una forma mucho más inteligente. “Hola, ¿qué tal? Ya he visto a esos chicos como te hablaban y tal ¿qué te cuentas?”. Yo, como es típico en estas situaciones, sonreía y de decía “ya, ya…”, sin saber qué coño decir en realidad. Qué más se puede decir si yo creo que el tipo, a esas alturas, me tomaba por un sex-simbol, chuloputas, heterosexual o calientapollas, no se qué adjetivo me gusta más. Después el chico siguió hablando de que a los nórdicos le gustan mucho los hispanos, etc., etc. El caso es que, como estoy en una relación medianamente feliz, pues no le di mucha coba, y el chico sabiendo que no iba a obtener lo que quería, dijo adiós, dio media vuelta y volvió con sus amigos.

Ha esa altura de la noche, y tras esa frase del chico número 4, fue cuando comencé a pensar en lo de la oferta y la demanda. Yo que en Madrid me comía los mocos por comerme algo, aquí siendo el mismo YO empalmaba un chico tras otro, figurativa y literalmente hablando. Andaba yo en mis tribulaciones cuando otro espécimen se acercó a mi para darme conversación. El señor número 5. A esas alturas, y vencido el pudor de que se acercasen a ligarme, comencé a hablar con él. Sin muchas florituras para que no se pensase cosas que no son y, en cuanto tuve oportunidad, saqué a relucir a mi novio para que no hubiese lugar a errores y se entendiese que mi conversa era puramente por educación o diversión.


En esas estábamos el señor número 5 y yo cuando, de repente, llegó el chico número 2 con una cerveza para él y un refresco para mí. El señor nº 5 preguntó “¿Quién es ese?”, yo conteste “Un chico” y el chico nº 2 dijo “¿Un chico?”. Una extraña situación que terminó con el señor número 5 excusándose y marchándose.

El chico número 2 siguió hablándome y, como el nivel etílico en sus venas era cada vez más elevado, me dijo la frase de “que suerte tienes, ligaras mucho porque a los nórdicos le gustan mucho los hispanos”, seguida de un “bueno, a mi también me gustas”. En ese justo momento fue cuando me di cuenta de que era hora de irme a casa y dejar al chico número 2 que terminase su cerveza y, que de paso, se bebiese el refresco que yo ni siquiera toqué.

Aunque parezca mentira, todo esto ocurrió en poco menos de hora y media. Por lo tanto, aquí es cuando llegamos a la consabida ley. Yo, un producto que en España esta totalmente devaluado y que tenía una vida sexual reducida al puteo cibernético porque en el mundo real no tenía muchas posibilidades de ser visto, aquí, donde una gran mayoría son tan guapos que podrían perfectamente ser modelos, paso a ser un objeto exótico y de difícil acceso el cual resplandece y se ve aunque se lo arrincone. Así que, ahora es cuando viene la parte positiva de la teoría atribuida a Marshall. La parte en la que se explica como cientos de pollas hispanas, que son de un perfil normal-bajo en sus países de origen, pueden venir aquí y disfrutar de lindas pollas blancas, rubias y con ojos azules dignas de aparecer en cualquier cabecera de cualquier revista española.

Con lo cual. ¡Pegaos un viaje y a disfrutar de la oferta y la demanda!

jueves, 26 de mayo de 2011

Y pasaron 10 años

Cristo Rodríguez


En breves momentos pasaré a formas parte de los treintañeros del mundo, concretamente entre la 13:30 y las 14:30, hora española (jajaja). En esta última década cientos de cosas han pasado por mi vida. Algunas han dejado huella otras tantas, la mayoría, no. En esta última década de mi vida he terminado dos carreras, estudios teatrales, he vivido en tres países diferentes, he tenido tres relaciones duraderas, un par de amores imborrables, ha ido mejorando considerablemente la relación con mi familia, he perdido amigos, mantenido los mejores y he encontrado otros estupendos, he visto la muerte de cerca, la he sentido cerca y dentro también, yo mismo he estado al borde del suicidio un par de veces y vagado por multitud de trabajos. En algunos he sido feliz, en otros, mayormente no. Cuando miro atrás a estos últimos diez años tengo la sensación de haber vivido toda mi vida en ellos. Es como si todo lo que tenía que hacer en la vida lo hubiese hecho. Pero, a pesar de ello, sigo sintiéndome como el niño de 10 años que vivía en un pobre barrio de Badajoz, un escuchumizado del que muchos hacían mofas en el colegio y que no se daba cuenta de su fragilidad externa a pesar de sentirse frágil, muy frágil, por dentro.


Al mirar al futuro y ver que, cuanto menos, me quedan otros treinta años más sobre la faz de la tierra me da un vértigo horrible. No se si quiero tanto tiempo. Aunque por experiencia, no propia por supuesto, se que cuando la muerte esta cerca todo el tiempo vivido se convierte en humo y un siglo más no es suficiente.


Es curiosa la vida. A pesar de tener la sensación de no vivir. A pesar de ver mi día a día vacío, rutinario y si sentido, cuando miro atrás me doy cuenta de todo lo que he hecho y no se muy bien de dónde he sacado el tiempo. Sea como sea aquí estamos. Veinte años no son nada y treinta menos, pero pesan mucho. Y aquí seguimos igual que a los veinte. Sin trabajo, sin casa, sin perro, sin coche, sin televisión y sin una familia estable ¿acaso eso es importante? Según se mire y según las necesidades de cada uno. Yo por mi parte lo quiero, pero a la vez me da una pereza horrible tener que pensar en una hipoteca, cuidar de un perro quince años o de un niño toda la vida. Me da pereza tener que pensar en que tengo que pagar el seguro del coche, pasar la ITV, el impuesto de circulación… No me atrae mucho, o nada, la idea de atarme a un país de por vida, pero tal y como esta el tema “pensiones” eso es casi una obligación… Sin desviarnos del tema, quizá uno tiene en la vida justamente lo que desea y no sabe que desea. Aún recuerdo un relato de Michael Ende en el cual una bruja (o algo así) le decía a un niño que todos los sueños que tenemos se cumplen, pero sólo aquello que queremos de corazón. Esa frase me impacto muchísimo y de vez en cuando viene a mi. Yo quiero multitud de cosas con mi cerebro pero mi corazón quiere otras muy diferentes, casi incompatibles. ¿Cómo conseguir que eso funcione? Pues yo aún no tengo la receta mágica, pero me gustaría. Supongo que una buena forma es dejarse llevar, se supone, según la teoría de Ende, que la vida nos dará aquello que realmente queremos, con lo cual el dejarse llevar suena bien. Otra solución es vivir unas veces según tu cerebro y otras según el corazón, aunque eso lleva a los que están a tu alrededor a volverse un poco locos. ¿Qué se le va a hacer? Para eso son amigos y compañeros…


Una de las conclusiones más importantes a las que he llegado últimamente es que sí muriera mañana mismo, no me importaría. Bajo mi punto de vista ya viví lo que tenía que vivir. Solo terminar un día genial y no despertar más o que el avión se estrelle en uno de los vuelos Madrid-Oslo o algo así. Morir, pero rapidito, ¡eh! Estoy feliz con lo que he conseguido y eso es importante. Aunque a veces me sienta un fracasado, la verdad es que estoy contento por todo lo que he hecho en la vida. Es curioso verme a mi mismo escribiendo estas palabras. ¡A mi! Yo que pensé que era un fracaso, quizá la terapia pasado la mitad de los veinte ha tenido mucho que ver con la visión actual de mi vida.


Por supuesto cambiaria cosas. Por supuesto me gustaría mejorar, aún más, la relación con mi familia, trabajar en algo que realmente me haga feliz, ser lo suficiente feliz cada día como para hacer felices a todos los que me rodean, tener más dinero, viajar más, disfrutar más de la vida y estar más relajado… Siempre queremos ser mejor de lo que somos y vivir una vida mejor de la que tenemos, pero eso no quiere decir que no estemos felices, satisfechos y orgullosos de lo que poseemos.


Este post no pretendía ser un canto a la vida, ni a la muerte, aunque pueda sonar a las dos cosas. Sólo pretendía ser un homenaje a mi mismo y a los que me rodean y hacen cada día mi vida un poco más feliz o complicada, poniéndome retos que me ayudan a mejorar como individuo y ofreciéndome momentos inolvidables que me acompañaran siempre respectivamente.


Para terminar, un enorme gracias. Cada uno sabe que lugar ocupa dentro de este post. Os quiero mucho ¡Un besazo, espero que sigáis conmigo los próximos 10 años!

miércoles, 2 de junio de 2010

¿Qué más se puede decir?

En fin, casi seis meses separan a este post del último. ¿Qué ha pasado? Pues muchas cosas. En estos seis meses he conocido a una persona excepcional que ocupa un lugar muy importante en mi vida. Quizá por eso no he tenido mucho de lo que escribir.

Si por algo se caracterizaba, últimamente, mi blog, era por entradas directamente relacionadas con la búsqueda del amor. Una vez que encuentras el amor, ¿qué más se puede decir?

Cristo Rodríguez

Esa es la pregunta. Para alguien que busca el amor, ¿se puede decir algo una vez que lo encuentra? Pues obviamente sí. Los mecanismos de conservación serían un tema bastante extenso. La conservación de uno mismo, la del otro y, por supuesto, la de la pareja. Una vez que encontramos al hombre de nuestros sueños (por el momento), comienza un mecanismo que consiste en qué hacer para no perderlo. A veces uno se pregunta si hubiese sido mejor no encontrarlo.

Las relaciones deben basarse en la sinceridad mutua, el respeto, el amor, el sexo y un montón de factores más que ahora mismo no recuerdo pues me acabo de tomar más de un litro de cerveza. Pero, por desgracia, muchas de las cosas en las que se basa la relación amorosa suelen ir en contra de la relación de uno con uno mismo. ¿Hasta que punto están en contra la sinceridad con la pareja y el espacio privado de uno mismo? ¿Cuándo se separa la fidelidad a la pareja y la autonomía individual? ¿ Cómo se casan el vivir a dúo y, a la vez, ser uno?...

Normalmente trato de dar respuestas a las preguntas que se me plantean y que yo mismo plante, pero en este caso no las tengo. Y, suponiendo que las tenga, estoy seguro de que no quieren ser escuchadas.

Si según muchos de autores, la fidelidad (en todos los sentidos) monogámica comenzó con los inicios de la propiedad privada y de la herencia, ¿Deberíamos respetar esa fidelidad en un mundo totalmente legislado, en un mundo que regula absolutamente las relaciones humanas directamente relacionadas con lo económico?

Preguntas a las cuales no tengo respuesta y a las que ahora mismo no me apetece responder pero que deberán ser respondidas en algún momento. Preguntas que todo el mundo tiene en su mente cuando está sumergido en un relación, pero que no muchos se atreven a verbalizar, ni siquiera mentalmente (aunque claro, eso ya no sería verbalizar).

Más que nada este post va dedicado al que sí hay mucho que decir. Y marca un regreso. Espero que duradero, feliz y, por el momento, en pareja…

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