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domingo, 7 de julio de 2013

El placer de gustar


Hay veces en la vida, pequeños momentos, en los cuales lo más importante deja de ser el sexo. Cuando no podemos tener acceso a él, bien sea porque estamos muy ocupados o bien sea porque no encontramos a la persona con cual tenerlo y demás, simplemente el hecho de gustarle a los demás, de provocar el deseo sexual en otras personas puedes ser suficiente para satisfacer nuestras necesidades básicas.

Por Cristo Rodríguez

Aquí me encuentro, en la isla española menos española de todas, Las palmas de Gran Canaria. Aquí, dónde todo es sol, cuerpos con poca ropa, calor, agua, playa, fiesta y diversión, y por supuesto turistas, yo vengo por motivos laborales y no me queda casi tiempo libre para dedicármelo a mi mismo, ver a algunos conocidos que tengo por aquí o hablar con mi familia por Skype. Lógicamente hablar de echar un polvo esta más que descartado. Como ya he comentado anteriormente algunas redes sociales son muy actas para follar o, mejor dicho, buscar alguien con quien hacerlo. Cumplen su función a la perfección, pero claro, luego esta el factor humano, que le gustas a los que no te gustan, que los que te gustan no están interesados en ti, que si no tengo tiempo… Así que, en conclusión no funcionan tan bien como deberían. A lo que iba, aquí en la isla, he encontrado a varios chicos con los que me hubiese ido a la cama, no solo en las plataformas cibernéticas sino en alguno de los paseos que he dado por la isla. La zona en la que me encuentro está llena no sólo de turistas sino de turistas homosexuales, ya se sabe unir turista a sol y playa es hablar de sexo, pero unir turista homosexual a sol y playa… Para que voy a seguir. El caso es que a mi, por cuestiones laborales, solo me quedan libre las noches después de las 24 en casi todo el resto de Europa, una hora menos en Canarias, eso quiere decir que aquellos con los que quiero quedar tendrían que estar disponibles a esa hora, lo cual no ha ocurrido, así que no ha habido sexo.

Lo que sí ha ocurrido ha sido el hecho de que muchos se han fijado en mi, les he gustado y me han dicho guarradas muy bonitas. Lo cual, teniendo en cuenta que en Oslo mi atractivo sexual debe estar en mínimos porque no recibo piropos con asiduidad, me ha sentado muy bien y, como decía, me ha aliviado mi deseo-necesidad-o vaya usted a sabe qué de tener sexo. ¡Pero si incluso ayer me confundieron con un prostituto! No saben ustedes lo que sube la autoestima cuando a uno lo ven atractivo suficiente como para venderse en una isla en la que el 90% lo hace gratis.

Es curioso cómo el ser humano puede conformarse con tan poco. Un alago, una sonrisa, que se te queden mirando por la calle de forma descarada, que te digan que te han visto y que eres mucho más guapo en persona que en las fotos del perfil, que se crean que eres prostituto… Como esas pequeñas cosas de la vida hacen que nos sintamos mejor con nosotros mismos. Cuánto placer puede llegar a dar el recibir una sonrisa y lo íntimo que puede llegar a ser, muchas veces y en la mayoría de ocasiones es incluso más íntimo y placentero que el tener unos pocos y rápidos minutos de placer con un desconocido que acabas de ver en un chat del cual sabes poco y que te aporta aún menos a tu vida…

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Pon un negro en tu vida

Después de algunas semanas sin postear, debido al ¿final? de mi ajetreada vida en Madrid y a la multitud de despedidas a las que he tenido que hacer frente, aquí va una nueva sesión, esta vez desde el “centro del mundo”. Nueva York es la ciudad que me acogerá durante los próximos meses y, como no, será el escenario de mis cavilaciones…


Cristo Rodríguez


La ciudad de los rascacielos no ha perdido un ápice del racismo que cubrió USA años ha. Sólo que ahora está más encubierto. Si bien Nueva York se ha convertido en una ciudad cosmopolita donde todos tienen cabida, vasta salir a la calle para darse cuenta de cómo funcionan las cosas. Mientras que miles de blancos cruzan la calle a toda prisa con su café caliente en la mano, miles de negros les esperan en las puertas de sus lujosas oficinas o sus impresionantes apartamentos o conducen sus coches de infarto.


Quizá es una impresión precipitada, ya que sólo llevo dos días en la ciudad, pero, por lo que he podido ver, aún no he visualizado ni un solo blanco en ninguna portería de esta ciudad. Esta “supeditación” del hombre negro se mantiene desde casi la fundación del país, antes recogían algodón y se dejaban manosear y pisotear por el patrón, ya que no tenían alma, y ahora se dedican a abrirle las puertas del lujo para quedarse con las migajas. Poco ha cambiado la cosa.


Aunque en la ciudad de la ostentación y del “todo vale” no podía faltar el toque chic. La avenida Madison entre la calle sesenta y algo y la ochenta y algo tiene la mayor aglomeración de tiendas de lujo que haya visto en mi vida. Por supuesto, cada tienda tiene su particular “portero”. Un chico, generalmente guapo, que te da la bienvenida y te adentra en el mundo de glamour, riqueza y placer que ofrece el lugar. Evidentemente este maître de la opulencia tiene la piel de un cierto color chocolate con leche.


Quizá sea porque a veces soy prejuicioso, porque tanta luz me ha cegado y no he visto bien el color de su piel, porque hay mucho negro en esta isla o porque realmente tengo razón, lo cierto es que esta ciudad tiene empleados a gran parte de sus “afroamericanos” en trabajos de “sirvientes”.


Lo cierto es que después de pasear entre tanto lujo, de pasar delante de tantos edificios carísimos y de comer tanta fat food, mi cuerpo me pedía estar con alguien con un poco de color. Y yo, ni corto ni perezoso, me he abierto perfiles en todas las páginas habidas y por haber y he contactado con alguno.


Después de largas conversaciones, más que nada porque mi inglés es pésimo y tardo mucho tiempo en escribir y descifrar lo que me quieren decir, he conseguido saber que uno de los preciosos chicos de ébano vive cerca de donde me estoy hospedando. Con lo cual, con la gracia española que me caracteriza (de vez en cuando claro), le he soltado un “I am horny men”. Yo no se como me sentaría a mi si un tío me suelta “Estoy caliente hombre”, quizá lo mandaría a tomar por el culo (con otro claro), pero aquí en EEUU debe sonar muy bien porque en el siguiente mensaje me ha pasado su dirección y una hora de contacto.


En un periquete me he plantado allí, no sin antes dejar algún anzuelo, en forma de mensaje, para los próximos días. Un timbrazo ha sido suficiente para que el “georgeus men” me abriese las puertas de su casa sin preguntar si quiera quien era, debe ser que aquí no conocen el cuento del lobo y la oveja.


Una vez en su casa hemos hablado, poco, y le he explicado, en mi patético inglés, que soy de España, que estaré en la ciudad tres meses, que llegué hace dos días, bla, bla, bla… Lo que llevo contando dos días vamos. Después de eso me ha invitado a sentarme cerca de él y ahí ha comenzado el tomate o, mejor dicho, la chocolatada. Yo, que cada día ando más blanco, el, que más negro no se puede ser, y nuestro respectivo “licor del amor”, por utilizar un eufemismo no muy manido.


Al concluir nuestra sesión “ká-li-ente” ha llegado la despedida en la que el chico parecía bastante interesado en volver a quedar. Me ha pedido por favor, y varias veces, que le mande un mensaje y que le diga mi número de teléfono, cuando tenga. Aunque aún no se si lo repetía tanto por interés o porque se dio cuenta que yo de inglés ni papa. El caso es que sé donde vive, que tengo su perfil almacenado, que me ha pasado su número de teléfono y que, después de tantos “disgustos” madrileños me apetece vivir la vida y descargar mi “licor del amor” con todos los hombres que se me crucen por delante, siempre que no tenga mucha pinta de español. De todas formas seguro que lo llamo para quedar otra vez pues no ha estado mal la experiencia. Además el chico “S” era casi una copia a mi pero en negro, la cara diferente claro, pero en general un cuerpo prácticamente similar y eso de visualizarte a ti mismo en otro color la verdad que da mucho morbo.


Y así, sin más ni más, de esa forma tan simple, yo, al igual que todos los pisos de lujo y las tiendas chic de la gran manzana, he puesto un negro en mi vida. El primero, pero no será el último…

viernes, 14 de agosto de 2009

Dormir acompañado

De vez en cuando el destino te sorprende con un bonito regalo envuelto en un cuerpo humano. Un ser que se ajusta a tus gustos personales, se acopla contigo en el sexo y que, además, parece tener un sentido de la existencia parecido al tuyo. Cuando conoces a una de esas personas llegan las preguntas, los comederos de cabeza, pero la gran cuestión sería: ¿Qué hacer cuando la vida te ofrece un resquicio de felicidad amorosa?

Cristo Rodríguez

La respuesta es, sin duda, correr. A priori, y viniendo de mi, esa respuesta puede ser estúpida. Pero, aún sin darnos cuenta, es el camino que usualmente tomamos. Llevados por las circunstancias, quizá por nuestros miedos, nos alejamos del bienestar amoroso lo más posible. Aunque, para ser sinceros, de lo que realmente andamos huyendo es del futuro malestar que produce el desamor.

Dejando eso a un lado, la sociedad, en la que andamos metidos, premia los éxitos profesionales y sociales, pero no los amorosos. Normalmente es difícil para el ser humano, adsorbido por el capitalismo reinante (afortunadamente no es todo el mundo), tomar decisiones que lo beneficien sentimentalmente. Hoy día uno procura acumular muchos bienes materiales porque es lo que se “debe” hacer. Eso, nos dicen, atraerá a la mejor “presa” amorosa hacia nosotros y nos asegurará un futuro sentimental saludable y placentero. Pero ¿No nos aleja esto mucho más de nuestro AMOR?

No hace demasiado tiempo dejé escapar a una de esas personas maravillosas que se cruzan por el camino y que te cambian la vida, por esos motivos de superación profesional y social. El vivía en Barcelona y yo en Madrid. En ese entonces no estaba dispuesto a mudarme de mi lugar de residencia, tenía muchas expectativas profesionales puestas en la Capital y no quería renunciar a ellas. Para no verter más palabras (justificándome), resumiré diciendo que, de todo lo que pensaba conseguir en Madrid no conseguí nada. Si bien es cierto que he hecho muchas otras cosas, estas actividades que he acabado realizando, no fueron los motivos por los cuales renunciaba, en esos días, a esa bella persona.

Encuentros

Pues bien, el sabio destino la juega de nuevo y pone frente a la cara (para dar una buena bofetada) situaciones parecidas. Recientemente, tras un estreno teatral, un compañero actor llevó a uno de sus mejores amigos para que fuese testigo del debut de nuestra futura compañía. Tras el estreno fuimos a tomar una ronda de merecidas cañas postactuación, las cañas se convirtieron en mojitos y los mojitos en cervezas en mi casa. Allí terminamos una amiga mía, mi compañero de teatro, su amigo (“B”) y yo a las cuatro de la mañana. Las miradas entre “B” y yo fueron constantes durante toda la noche. Desde el momento en que lo vi me impactó. El chico posee unos ojos grandes, que se apoderan de su rostro para darle una vivacidad cómica, en los que te puedes zambullir sin temor a partirte la crisma. Esos ojos que me escrutaban durante la noche y a los que yo miraba fijamente de vez en cuando, salieron de mi casa (sobre las 6 de la mañana) al igual que habían entrado, alejándose de mí. Posiblemente para siempre. El domingo había una nueva cita con el grupo para ensayar pero me fue imposible asistir, no estaba de humor. Lo peor de no asistir a esa cita fue no volver a ver a “B”, ya que a lo mejor alguno de los dos se hubiese atrevido y hubiese hablado con el otro. Así terminó todo.

Pero como las nuevas tecnologías son maravillosamente geniales y cumplen con su objetivo de encontrar a la gente, allí estábamos los dos, mejor dicho, nuestros perfiles. Facebook fue el canal y nosotros los que hilamos la red para cruzar de nuevo nuestros destinos. Y el hado, con nuestra ayuda claro, nos llevó hasta donde lo dejamos la última vez. Para empezar unas cañas en la plaza 2 de mayo, después mi casa de la calle Velarde, de nuevo la vergüenza y el no saber que hacer y finalmente “el paso”. Una maravillosa noche en la que el sexo volvió a ser torpe, como las primeras veces. El intento de adaptación del uno al otro, dar placer a la otra persona, además del propio, como lo más importante. No simple sexo, más que eso. Dejarse hacer parecía la tónica general. Dejar el sexo en manos el otro, abandonar el cuerpo al deseo del otro para, ligeramente, deponer el alma y el corazón cada uno en el otro.

Despedidas

El niño transparente, como se llama él mismo, se convirtió en mis brazos en el niño de cristal. Su piel “inmensamente” blanca, sus ojos de aspecto vidrioso, el cuerpo elástico y delgado, el vello rasurado y el alma quebradiza. Suspiros, besos, deseo, pasión, abrazos y una vigilia obligada por la pulsión sexual y el no querer asumir la partida mañanera. “Era el ruiseñor, y no la alondra, lo que traspasó el temeroso hueco de tu oído”, esa era la frase que parecía que iba a salir de nuestras bocas al ser perturbados por el sonido del despertador a las 6:45.

Resignados y con la decisión, tomada de antemano, de continuar con nuestras irremediables (¿?) vidas sin dar lugar a un posible “algo”. Avanzamos los minutos siguientes hasta despedirnos en la calle. Cada uno con un “camino” diferente.

En nuestros planes futuros “B” trabajará durante todo el año haciendo bolos por España con su grupo de teatro. Yo marcharé a N.Y. sin necesidad de volver ya que no hay nada que me ate a este país. ¿Nuestra historia...? Nuestra historia seguirá vagando por el espacio virtual y puede que en algún que otro relato. A la pregunta: ¿Qué hacer cuando la vida te ofrece un resquicio de felicidad amorosa? Se le impone una nueva respuesta ¿¿Correr??

miércoles, 22 de julio de 2009

¿Dónde está mi "Sexo"?

¿Puede el amor acabar con la lujuria? O mejor, cambio la pregunta ¿Puede el deseo de enamorarse acabar con la lujuria? Recientemente agregé un post sobre Madrid y lo difícil que es encontrar sexo en esta ciudad, sigo mantenieno esa impresión. Pero ¿No será que lo hacemos aún más difícil de lo que es?

Cristo Rodríguez

Actualmente me siento como un hombre al cual le han robado su líbido, deseo sexual, parte lujuriosa o como cada uno quiera llamarlo. Lo peor de todo ello, es que creo que soy yo mismo el que ha acabado con ella. Resumiendo, quiero un novio, y por ello, no quiero acostarme con cualquiera. Porque de empezar así estaría, de nuevo, en el mismo punto en que lo dejé hace unos meses. Queriendo un novio y siéndome imposible conseguirlo por no hacerlo por los cauces correctos. Y este deseo de “hacer las cosas bien” me ha ido llevando a que mi apetito sexual decrezca hasta límites infinitesimales, por lo menos para ser yo.

A mediados de la semana pasada cené con un chico que se muere por mis huesos, o mejor dicho por otra cosa mía que no son mis huesos. Pues bien, lo invité a cenar, llegó a mi casa, le abrí la puerta ataviado (solamente) con un pequeño pantalón y después del saludo... A cocinar. Pero vamos, cocinar literalmente. Tras engullir rápidamente, lo llevé hasta mi cuarto para ver un capítulo de Gossip Girl, que como en la serie hay algo de sexo y lujuria esperaba que la cosa se animase... Pero no, de hecho la cosa fue tan sosa que durante un tiempo pensé que el chico, digamos “R” estaba dormido. Una vez terminó la serie comenzaron los estiramientos, lenguaje corporal que indica “qué cansado estoy ¿Qué hacemos?”, un tipo de lenguaje que “R” no debe entender bien porque sin mediar muchas palabras se despidió y se marchó de casa. Aunque no sin antes asestarme un morreo que acabó por despertarme algo más que la líbido. Mi “amiga” se despertó y yo tuve que escorder la mitad de mi cuerpo tras la puerta, para que “R” no se diese cuenta de mi cambio corporal. De esta forma tan recatada me despedí de él.

Buscando motivos
Al cerrar la puerta me pregunté: ¡¿Por qué coño no te lo has follado?! Así, tal cual, con exclamaciones y todo. Al no encontrar respuesta alguna me fui a la cama, a preparar a mi cuerpo para una dura jornada de trabajo.


Han pasado unos días y, por casualidad, la respuesta vino a mí de forma reveladora. ¡Yo busco un novio! (Con tan poca vida sentimental casi se me había olvidado). Y como estoy seguro de que esto puede no ser una respuesta, debo explicar cómo razona mi cabeza y de esta forma responder a la pregunta que abría este artículo.


Yo busco novio, con lo cual no puedo ir por ahí acostándome con cualquiera. Quiero decir, si un tío me gusta, es simpático, me hace reír e intenta acostarse conmigo, yo me dejo, puesto que así seré el cortejado y no estaré traicionando a mi deseo de buscar novio, sólo fue “una oportunidad de pasar un rato agradable con un chico agradable”. Pero si soy yo el que incita e insinúa al otro que nos acostemos, ahí sí que estaré fallándome a mí mismo, porque estaré “follándome” mi idea de que no debo comenzar así una relación (pues no suelen funcionar), pero si otro lo hace, deja de recaer la responsabilidad en mí... Algo infantil, pero así es el amor.

Y esto me lleva a la conclusión de que SÍ. El amor, o el deseo de él, puede acabar con el apetito sexual. Triste pero cierto...


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