Mi compañero de piso tiene una ducha anal. No una pera de las que se llenan de agua. No una de esas que tienen un tubo que te introduces por el ano, una vez lleno de agua, y al apretar llenar tu culo del “líquido elemento” para que quede bien limpio. No un objeto sexual que puedes guardar en tu cuarto. Mi compañero de piso tiene una ducha anal unida al grifo de la ducha. Un objeto que me mira cada mañana cada vez que quiero darme un baño.
Cristo Rodríguez
Se podría decir que Nueva York es la ciudad de la contención. Las manifestaciones de personas son contenidas en la calle con barreras, si bien es cierto que la gente se manifiesta cuando y donde quiere, es curioso ver a decenas de personas que andan en circulo, en un área restringida de la acera, con pancartas y profiriendo consignas a voz en grito. La ciudad intenta contener la temperatura del subsuelo con tanques de nitrógeno líquido ubicados en los lugares más calientes de la ciudad. Otra medida para el calor, menos efectiva pero sin duda más económica, son las chimeneas naranjas tan típicas de esta ciudad. En cuanto a la gente, el “ayuntamiento” no tiene que hacer nada por controlarlos, ellos parecen saber poner sus propios límites.
Hablando con un amigo le pregunté si en NY había algún local que tuviese cuartos oscuros. Para aquel que no lo sepa (entre ellos mi amigo), un cuarto oscuro es un lugar donde uno se introduce buscando puramente sexo con cualquier desconocido que seguirá siendo un desconocido, cuando el encuentro termine, debido a que en dichos cuartos no hay nada de luz, de ahí su nombre. Este tipo de lugares son típicos de diversas discotecas y clubs repartidos por toda la geografía europea. La respuesta de mi amigo fue contundente, “eso es de enfermos, en NY no tenemos esas cosas…” Yo me quedé, como diría mi madre, a cuadros. Y proseguí con la siguiente pregunta: ¿Y saunas? ¿Ya sabes sitios dónde vas, no tienes ropa y puedes hacer sexo con la gente? Su cara iba contrayéndose cada vez más y negaba con la cabeza sin atreverse a articular palabra.
¿Cómo es posible que un tipo que tiene fotos de su polla en Internet se sorprenda cuando yo le hablo de cuartos oscuros? ¿Cómo uno puede comprender que un chico que me abrió las puertas de su casa sin saber quién podía ser yo pusiera esas caras cuando yo le hablaba de saunas y cuartos oscuros? ¿Cómo un tío que me chupó la polla el primer día hasta tener dentro de su boca y saborear todo mi jugo podía sorprenderse con mis pregunta?
Ahora resulta que la vieja Europa está enferma. Desde luego, la doble moral victoriana sigue en USA tan viva como el primer día. Uno puede ser una verdadera puta en su casa, pero nunca en lugares públicos. Es cierto que en las páginas de contactos europeas es posible encontrar gente con fotos de todo tipo, pero también es cierto que lo que se puede ver en los estados unidos es mucho peor. Esta gente puede poner una fotografía metiéndose miles de vegetales por el culo pero, por supuesto, nunca pondrán su cara, lo dicho, todo de puertas para adentro.
Quizá sea cierto que en “la vieja Europa” estamos enfermos. Pero, por el momento yo no me he topado con nadie que tenga en su baño un objeto metálico que se mete por el culo para que quede bien limpio. A mi me parece muy bien, mi compañero seguramente es la persona más aseada del planeta y para los tíos que se lo follen seguro que es una gozada encontrarse con un culo tan higienizado, pero ver eso cada día para mi es un poco, cuanto menos, confuso.Normalmente la gente tiene en su cuarto un objeto que puedes comprar en cualquier “sex shop” y que tiene la misma función, pero no es el caso de mi compañero. Si bien, yo lo asumo con deportividad y sin poner caras raras. Será que los europeos somos más libres y tenemos las mentes más abiertas, dentro y fuera de casa…
Cuando llegas a un nuevo lugar, todo en tu vida se vuelve completamente desconocido. Muchas veces hasta nosotros mismos somos un ser diferente con el que tenemos que aprender a tratar a diario para no volvernos locos.
Cristo Rodríguez
Después de un tiempo pululando por la gran manzana me he dado cuenta de que, al igual que mi exterior, mi interior también se está renovando y está comenzando a vivir sensaciones nuevas nunca antes exploradas.
Aquí he tenido que aprender un montón de cosas nuevas. Esas pequeñas cosas que hacemos cada día sin darnos cuenta, pero que cuando son diferentes se vuelven actitudes totalmente nuevas. No sólo estoy aprendiendo a hablar, de nuevo, sino que he tenido que aprender ha hacer cosas tan simples como “tirar de la cadena” del baño. La mayor parte de los servicios de estaciudad tienen instalados en su interior un modelo de cagadero que alguna vez tuvo cabida en España. Me refiero a esos que no tienen tanque de agua porque el depósito es la taza misma. Ese tipo de váter en el que cuando cagas la mierda queda flotando peligrosamente cerca de tu culo. Pues bien, en estos extraños inodoros es difícil tirar de la cadena debido a que si no pulsas en la dirección correcta y el debido tiempo no se vacían completamente quedando, de esta forma, un lindo regalito para el siguiente usuario.
La lección del móvil también ha sido importante. ¿Cómo comprar un teléfono de prepago y no morir en el intento? Si bien en España contamos con empresas tan “prolíficas” como The Phone House, en la cual puedes comprar cualquier terminal con contrato o prepago, en la ciudad de los rascacielos no conocen esas moderneces. Aquí sólo algunas tiendas, propias de cada marca T&T o Tmobile, tienen un pack exclusivo de prepago a un precio cerrado.
Cómo saber cuanto pagas por tu comida en un restaurante de comida rápida también es algo que hay que aprender. La mayor parte de los carteles tienen una cifra, ese numerito se refiere al número de calorías que tiene la comida que pretendes pedir y no al precio. Y en otra multitud de ocasiones el precio es uno pero la cantidad que te cobran otra distinta ¿por qué? Pues bien, porque en esta ciudad las taxas no tienen porque aparecer en el precio referido. Locuras de la capital capitalista por excelencia.
Pues bien, en medio de esta maraña de novedades, los sentimientos tampoco podían estarse tranquilos. Por lo menos los míos. Nuevos conocidos, nuevos amigos, nuevos sex-amigos, nuevos compañeros y por supuesto nuevos amoríos. Todo eso y más es lo que me depara esta ciudad. Yo, al igual que la letra de una canción interpretada por la chilena Myriam Hernández (y seguro que por una legión más de melancolicantantes), entre dos hombres vivo dividido. Mi vida entera ha sido así y no creo que vaya a cambiar ahora a estas alturas. Siempre ando con más de un romance a la vez y así me va… Entre todas estas novedades se han cruzado en mi vida un negro, que parece sacado de una película X, y un neoyorquino, con padres italianos, que lo único que tiene de especial es una linda sonrisa. En cualquier otro momento de mi vida estaría hecho un completo lío, pero como todo es nuevo ahora pues no me planteo nada y sólo vivo y disfruto la situación y punto. Así de nuevo me estoy volviendo. Sin absurdos sentimientos de culpabilidad y sin cumplir promesas que aún no han sido efectuadas. De esta forma, cual Meredith Grey, ando por la ciudad teniendo citas con uno y otro. No en un ejercicio de comparación sino simplemente dejándome llevar por las nuevas situaciones que me ofrece esta ciudad.
Después de algunas semanas sin postear, debido al ¿final? de mi ajetreada vida en Madrid y a la multitud de despedidas a las que he tenido que hacer frente, aquí va una nueva sesión, esta vez desde el “centro del mundo”. Nueva York es la ciudad que me acogerá durante los próximos meses y, como no, será el escenario de mis cavilaciones…
Cristo Rodríguez
La ciudad de los rascacielos no ha perdido un ápice del racismo que cubrió USA años ha. Sólo que ahora está más encubierto. Si bien Nueva York se ha convertido en una ciudad cosmopolita donde todos tienen cabida, vasta salir a la calle para darse cuenta de cómo funcionan las cosas. Mientras que miles de blancos cruzan la calle a toda prisa con su café caliente en la mano, miles de negros lesesperan en las puertas de sus lujosas oficinas o sus impresionantes apartamentos o conducen sus coches de infarto.
Quizá es una impresión precipitada, ya que sólo llevo dos días en la ciudad, pero, por lo que he podido ver, aún no he visualizado ni un solo blanco en ninguna portería de esta ciudad. Esta “supeditación” del hombre negro se mantiene desde casi la fundación del país, antes recogían algodón y se dejaban manosear y pisotear por el patrón, ya que no tenían alma, y ahora se dedican a abrirle las puertas del lujo para quedarse con las migajas. Poco ha cambiado la cosa.
Aunque en la ciudad de la ostentación y del “todo vale” no podía faltar el toque chic. La avenida Madison entre la calle sesenta y algo y la ochenta y algo tiene la mayor aglomeración de tiendas de lujo que haya visto en mi vida. Por supuesto, cada tienda tiene su particular “portero”. Un chico, generalmente guapo, que te da la bienvenida y te adentra en el mundo de glamour, riqueza y placer que ofrece el lugar. Evidentemente este maître de la opulencia tiene la piel de un cierto color chocolate con leche.
Quizá sea porque a veces soy prejuicioso, porque tanta luz me ha cegado y no he visto bien el color de su piel, porque hay mucho negro en esta isla o porque realmente tengo razón, lo cierto es que esta ciudad tiene empleados a gran parte de sus “afroamericanos” en trabajos de “sirvientes”.
Lo cierto es que después de pasear entre tanto lujo, de pasar delante de tantos edificios carísimos y de comer tanta fat food, mi cuerpo me pedía estar con alguien con un poco de color. Y yo, ni corto ni perezoso, me he abierto perfiles en todas las páginas habidas y por haber y he contactado con alguno.
Después de largas conversaciones, más que nada porque mi inglés es pésimo y tardo mucho tiempo en escribir y descifrar lo que me quieren decir, he conseguido saber que uno de los preciosos chicos de ébano vive cerca de donde me estoy hospedando. Con lo cual, con la gracia española que me caracteriza (de vez en cuando claro), le he soltado un “I am horny men”. Yo no se como me sentaría a mi si un tío me suelta “Estoy caliente hombre”, quizá lo mandaría a tomar por el culo (con otro claro), pero aquí en EEUU debe sonar muy bien porque en el siguiente mensaje me ha pasado su dirección y una hora de contacto.
En un periquete me he plantado allí, no sin antes dejar algún anzuelo, en forma de mensaje, para los próximos días. Un timbrazo ha sido suficiente para que el “georgeus men” me abriese las puertas de su casa sin preguntar si quiera quien era, debe ser que aquí no conocen el cuento del lobo y la oveja.
Una vez en su casa hemos hablado, poco, y le he explicado, en mi patético inglés, que soy de España, que estaré en la ciudad tres meses, que llegué hace dos días, bla, bla, bla… Lo que llevo contando dos días vamos. Después de eso me ha invitado a sentarme cerca de él y ahí ha comenzado el tomate o, mejor dicho, la chocolatada. Yo, que cada día ando más blanco, el, que más negro no se puede ser, y nuestro respectivo “licor del amor”, por utilizar un eufemismo no muy manido.
Al concluir nuestra sesión “ká-li-ente” ha llegado la despedida en la que el chico parecía bastante interesado en volver a quedar. Me ha pedido por favor, y varias veces, que le mande un mensaje y que le diga mi número de teléfono, cuando tenga. Aunque aún no se si lo repetía tanto por interés o porque se dio cuenta que yo de inglés ni papa. El caso es que sé donde vive, que tengo su perfil almacenado, que me ha pasado su número de teléfono y que, después de tantos “disgustos” madrileños me apetece vivir la vida y descargar mi “licor del amor” con todos los hombres que se me crucen por delante, siempre que no tenga mucha pinta de español. De todas formas seguro que lo llamo para quedar otra vez pues no ha estado mal la experiencia. Además el chico “S” era casi una copia a mi pero en negro, la cara diferente claro, pero en general un cuerpo prácticamente similar y eso de visualizarte a ti mismo en otro color la verdad que da mucho morbo.
Y así, sin más ni más, de esa forma tan simple, yo, al igual que todos los pisos de lujo y las tiendas chic de la gran manzana, he puesto un negro en mi vida. El primero, pero no será el último…
Cuando se va la esperanza generalmente queda un vacío del cuerpo y el desasosiego toma el lugar antes ocupado por “el duende verde”. Pero cuando la esperanza perdida es por motivos amorosos, esa desesperanza nos hace libres.
Cristo Rodríguez
Llega un momento en que uno deja de esperar que llegue el hombre de su vida, no por ganas sino porque tiene totalmente claro que eso no le llegará nunca. En ese mismo momento se abre una luz al fondo del túnel. Esa luz viene recubierta de una dulce crema de lujuria, batido de sudor, rebozado de semen y recubierto con virutitas de caliente saliva.
Recientemente me leyeron la mano y me comentaron que en mi vida no había tenido ningún AMOR y, que por el momento, las líneas de la mano no dejaban entrever que fuera a tener ninguno. Quizá, como dice la madre de una amiga mía, mi karma en esta vida es aprender a amar y que me amen. Por el momento, como bien claro dejó el “señor quiromante”, mi vida estará exenta de grandes AMORES. Por ello lo mejor es dejarse llevar por los placeres mundanos y “que arda Troya”.
Y no hay nada mejor que los fines de semana para vivir una estupenda velada de libertad. Un fin de semana lleno de sexo, droga y, en este caso, música house. El viejo yo parece resurgir de las cenizas (con más fuerza que nunca) empujado por cada negación, cada rechazo, cada miedo a meterse en algo “complicado”. Y no se puede decir que nos llevemos mal. Parece que uno siempre es lo que es, que no puede cambiar aunque quiera. No comparto esa opinión, creo que todo el mundo puede convertirse en una edición remasterizada de él mismo, pero lo cierto es que lo que fuimos siempre estará ahí para cuando queramos, o necesitemos, recuperarlo.
Madrid ofrece muchas posibilidades. Contiene una de las mayores poblaciones gays de la nación, muchos bares y discos y la posibilidad de conseguir estupefacientes por doquier, cada vez más ocultos. Aunque si uno se lo propone puede conseguir lo que quiera. Y, de repente, sin comerlo ni beberle le cae a uno del cielo todo aquello a lo que estuvo renunciando en pro de un futuro “mejor”.
El futuro mejor: Marido, niños, casa en el campo, trabajo bien remunerado y, a ser posible, satisfactorio. El nuevo yo quería esto por encima de todo, pero la enorme dificultad y la depresión “esperanzil” lo ponen a uno en un nuevo camino y una nueva realidad, ya conocidos. ¿Y como negarse a un grupo de amigos, alcohol, “perfumes” varios y diversidad de proposiciones sexuales? Sobre todo cuando, cual si de un objeto nuevo en una juguetería se tratase, mi persona ha comenzado a centralizar las miradas, y deseos, de un gran número de individuos antes totalmente insospechado.
Antes y ahora
Antes, no hace demasiado, había alguna que otra persona que merecía la pena lo suficiente como para centrarse en ella. No por motivos morales sino por voluntad propia. Me interesaba alguien tanto como para que todas esas miradas, que me lanzaban personas sexualmente atractivas para mi, no significasen nada.
Ahora la cosa ha cambiado considerablemente. Madrid será la ciudad de mis aventuras por menos de veinte días. A partir de ahí Nueva York ocupará su lugar y estaré aún más cerca de la “desesperanza”, con lo cual mi nueva vida comienza. Mi despedida de Madrid está siendo tal como fue mi entrada. Mucho sexo, drogas, alcohol y música. Voy a poner los pies en Nueva York y no tengo nadie a quien rendirle cuentas y no por voluntad propia sino por “rechazos” ajenos. Así que el viejo yo a tomado el mando y, en breve, aterrizará en el JFK buscando diversión y aventuras.
Si duda el blog tomará una nueva dirección mucho más lujuriosa que hasta el momento. Aunque, observando lo ocurrido esta semana, los últimos post madrileños prometen. Habrá que esperar para ver qué es lo que pasa y como concluye todo en este país. Igual todavía hay esperanza, aunque seguramente no. El tiempo dirá, la cuenta atrás ha empezado…
Andamos estrenando el otoño y el veranillo del membrillo se ha instaurado entre nosotros.En esta época, en la que el calor no es tan sofocante como en verano, es tan habitual ver a la gente haciéndose arrumacos en la calle como en primavera. Esta exposición de amor constante es para muchos, los solteros sobre todo, una minisesión de tortura de la cual tenemos que escapar.
Cristo Rodríguez
Esta tortura a la cual somos sometidos algunos de los solteros año tras año nos hace preguntarnos un montón de cosas. A días uno piensa que no encontrará jamás a alguien para regocijarse con esas manifestaciones de cariño, aunque la esperanza nunca llega a perderse del todo.
La calle Fuencarral de Madrid se convierte cada fin de semana en un hervidero de gente feliz y enamorada y desde que la convirtieron en peatonal aún más.A veces uno piensa que los políticos realizan las obras públicas solamente para joder al personal. Y bien que nos joden por todos lados. Mientras están realizando la obra el polvo, ruido y dificultades de transito son todo uno. Cuando la calle está por fin terminada lo que tenemos que soportar los transeúntes solteros es a cientos de parejas, que a momentos parecen miles, enamoradas paseando por la calle. Felices, enamorados, besucones, acariciadores imparables…
Esas muestra de amor, aunque Gallardón no lo sepa, son directamente proporcionales a las bajas del próximo lunes. Muchas personas cuando ven a las demás parejas refuerzan sus ganas para seguir buscando. Otras, dependiendo de cómo les pille, pierden cualquier tipo de esperanza. Esta perdida de ilusión puede ser, según psicólogos como Thorwald Dethlefsen y Rüdiger Dahlke, la responsable de enfermedades tanto físicas como psíquicas.
Sin llegar a umbrales de insalubridad, esta pérdida de expectativas amorosas causan, cuanto menos, pena. Una sensación de no poder llegar a conseguir lo que uno quiere que se apodera de uno y lo sumerge en un estado de melancolía pesado y monótono.
¿Por qué no puedo tener yo eso también?
En un mundo en el que si uno se lo propone puede conseguir casi cualquier cosa, es difícil asumirse derrotado por la falta de amor. Si hay algo que no se puede ganar en una lotería, conseguir estudiando en una universidad, llegando a un puesto de directivo en una gran empresa o ganando un Goya, es el amor.
Por ese motivo es mucho más difícil asumir que uno no puede ganarle la mano a Cupido. Tiene que ser el destino el que te enfrente a él y te lo regale. Esa dificultad, ese confiar en la suerte es algo que se llega a perder con el tiempo, algo en lo que se pierde la confianza.
Uno puede ser amante o amado, como dice Paz Padilla. Pero ser ambas cosas, ser feliz siendo amante y amado, es algo a lo que sólo se puede aspirar confiando en el destino. Por ello, a algunas personas les cae del cielo y uno nunca llega a entender por qué a él no le pasan esas cosas.
Hay quien me ha comentado que los últimos post no tienen vida, que les falta algo y que son sosos. Yo los releo y es posible, les falta chispa, color… Sin duda les falta esperanza. Supongo que sería justo parar de escribir hasta que vuelva… Pero, dentro de la sosería también pasa algo en ellos, hay un movimiento, más lento que el anterior pero algo mueven…
Habrá que esperar, o quizá ponerse manos a la obra y echar cartas a ver si en una de estas nos tocan los ases…
Este fin de semana tocó boda familiar. Allí nos reunimos casi toda la familia para festejar que el amor “triunfaba” una vez más, en el reino del catolicismo. El País Vasco nos puso el escenario y la escenografía. La fiesta, jolgorio, alegría y diversión corrió de nuestra cuenta, con una “ligera” ayuda de alcoholes varios, claro.
Cristo Rodríguez
Sin duda, esta ha sido una de las ceremonias que más ha unido a toda mi familia. Un viaje largo para la mayoría, que llegaron desde Badajoz, y menos largo para los que llegamos desde Madrid, puso un granito de arena. El entorno de una ciudad que no nos conocía incluyo un eslabón en la cadena. Los respectivos alojamientos, que nos unieron en grandes grupos en un mismo espacio, aportaron un poco más de leña al fuego. Y, por último, la enorme cantidad de eventos familiares, concluyeron en una explosión de amor y alegría en el banquete ceremonial.
Una alegría superlativa y no “anabolizada” con ninguna sustancia ilegal que nos mantuvo durante toda la tarde-noche que duró el baile con una danza casi diabólica y tremendamente feliz.
Cosa de costumbres
Las costumbres del lugar son diferentes a las que todo mi familia (extremeña pura) conocemos. La cosa nos pilló por sorpresa cuando cambiaron la música y la novia comenzó a captar la atención de los asistentes para quitarse la liga.
Según parece, la tradición manda a la novia a quitarse la liga y en vez de cortarla o subastarla, como en otros países o comunidades españolas, busca a una amiga soltera y la sienta en una silla. Después de esto todos los solteros mayores de edad de la sala se ponen en línea y se van ofreciendo a la “elegida” para que decida cual, de entre todos los hombres, será el que le coloque la liga.
Una tradición divertida, hasta cierto punto. Como ya he comentado, la novia se convirtió en el centro de atención y busco detenidamente, realizando algún amago a más de una amiga con demasiada vergüenza, a la chica a la cual tendría que colocársele la liga. Tras unos momentos, que para más de una fueron siglos, acabó por elegir a una de sus mejores amigas, que había venido desde Barcelona exclusivamente para la celebración y para realizar fotos de la velada. La chica, con la cara roja y una mueca, petrificada en su rostro, que pretendía ser una sonrisa, se dirigió hasta una silla situada en el centro de la pista de baile y se sentó. Hasta este momento todo estaba yendo muy bien y resultaba desternillante, tanto para el resto como para mí.
Después de esto, la Dj realizó un llamamiento “¡que todos los solteros mayores de edad rodeen a la chica!”. Allí estaba yo, el alcohol, buen rollo, diversión y el arropamiento familiar me lanzaron a la vera de la “elegida” para convertirme en uno de los que optaban a ponerle la liga. Allí comenzó mi “calvario”.
A la espera de más hombres solteros nos quedamos los asistentes, la chica y yo. Al parecer, yo era el único soltero mayor de edad que había en la sala así que la danza de coqueteo no tuvo sentido. Al estar allí, y a pesar del cachondeo generalizado, pude sentir las miradas de la gente. Algunos pensarían “míralo pobrecito que está solito en el mundo”, otros seguramente me envidiarían por poder hacer lo que quisiese sin dar explicaciones a nadie, algunos seguro que estaban tan borrachos que no se enteraron de nada, etc, etc.
Sólo con mi soledad
Aunque a mí, en concreto, la única opinión que me interesaba era la mía. Y, desgraciadamente, no puedo decir que la opinión sobre mi estado fuese muy positiva. Para olvidarme de ello, me dirigí a la barra, pedí otra copa y volví con mi familia para seguir la fiesta...
La última boda a la que asistí era de una amiga y acudí con tres amigos más. Cuando la novia tiró el ramo se puede decir que cayó a nuestros y ninguno de nosotros hizo nada por recogerlo. Estábamos bien con nuestro estado. A pesar de desear tener algún compañero, ser el próximo en casarnos no entraba en nuestros planes.
La diferencia es que, en esa ocasión, yo me encontraba soltero pero acompañado por mis amigos, también solteros. Y esta vez, estaba rodeado de parejas, o emparejados, por doquier. Miles de preguntas vinieron a mi mente ¿Por qué estoy sólo? ¿Por qué nadie me quiere? ¿Soy tan feo como para que nadie se fije en mí? ¿Por qué los tíos sólo quieren follar conmigo? ¿Por qué no me gustan los que se fijan en mí?... Estas y muchas otras llenaron mi cabeza durante esa noche y, como no, acompañaron a la resaca mañanera del día siguiente.
Pensando más tranquilamente, y a pesar de apetecerme compartir mi vida con alguien, me di cuenta de que tengo claro lo que mucha gente no.Quiero estar con una persona, pero no con cualquiera. Y si, por casualidades de la vida (como me viene ocurriendo en los últimos años) acabo deseando estar con alguien que, por un motivo u otro, no comparte ese deseo, es seguro que no voy a caer en los brazos del primero que se cruce en mi camino. Mi compañero debe poseer unos requisitos básicos para que me atraiga, algo que los haga especiales a mis ojos y que me aporte paz, si no la cosa no funciona. Esto me relaja, me reconforma y redime el resquemor que, de vez en cuando, tengo contra mí mismo por estar “solo”.
Porque si un hombre no me llena completamente, y como dice el refrán, “Más vale sólo que mal acompañado”. O como asevera la canción “Sorterita. Sola, sin marío, sin niño’h, sin poblemah...”
Inténtalo de nuevo, sigue jugando, la próxima vez será, sigue rascando… Hay multitud de formas de descubrir que esta vez no tuviste suerte. En el amor pasa lo mismo. Hay muchas maneras de darse cuenta de que este o esta no es “la persona” y que uno debe seguir su senda en solitario hasta que aparezca una nueva oportunidad. Por Cristo Rodríguez
Cada vez que conocemos a alguien que hace latir nuestro corazón de una forma especial, con el que perdemos el miedo a introducirnos en el océano de su mirada, una persona que no tememos que se pierda en nuestra recóndita alma y que se convierte en nuestro horizonte… Cada vez que eso nos pasa, es fácil que la ilusión comience a correr por nuestras venas. Después de la primera, segunda, quinta, octava, undécima vez que nos defraudan, la ilusión corre un poco menos, pero sigue circulando al conocer a un ser que parece especial.
Por desgracia (o suerte), para muchos mortales, esto es como un acto reflejo e involuntario. Si alguien te hace tilín, el mecanismo del amor se pone en marcha. Incluso para los más escépticos. Pero ¿Qué ocurre con el tiempo?
Una opción u otra Pues bien, frente a esa pregunta hay dos posibilidades claras. La más idílica de todas, y la que ocurre las menos de las veces, que uno y otro se complementen de tal forma que ese amor llegue a buen puerto y perdure a lo largo de los años. A ser posible, y dando un enorme voto de confianza –y esperanza-, hasta el final de los días. Es decir, la muerte.
Para la mayoría de los mortales la cosa es muy diferente. Los más suertudos se dan cuenta en breves semanas de que esa persona tan “especial” no era para ellos, o ellos no eran para esa persona. Los menos afortunados comienzan una relación que dura pocos meses y, con un poco de destreza, termina con el menor daño posible por ambas partes. Y los absolutamente desgraciados se embarcan en un proyecto de futuro con un ser con el que nada tienen que ver y terminan, como mínimo, como el rosario de la aurora. Claro está que estas posibilidades son ampliamente conjugables entre si y “elevables” a múltiples potencias.
Y uno, con cierto bagaje y experiencia se pregunta: ¿Tiene sentido? ¿Es lógico volver a intentarlo? Y en la más absoluta racionalidad, que otorga la cercanía de una relación fracasada, la opinión suele ser bastante generalizada, ¡claro que no tiene sentido enamorarse! Sí, es muy bonito, tiene sus cosas maravillosas, pero al final todo termina mal. La mayor parte de las veces es como un suicidio temporal. Y lo peor de todo, es que es un suicidio lento y, encima, premeditado.
Cambio de rumbo La pregunta generalizada puede ser: ¿Qué sentido tiene un bloguero como yo que busca desesperadamente el amor hablando en contra del amor? Pues la respuesta es sencilla. Todo sentido que otorga una nueva desilusión, propia o ajena, eso da igual. Una nueva esperanza que se transformo en desesperanza. Los motivos, seguramente, serán múltiples. Al fin y al cabo, la única persona que los conoce es la depositaria de la esperanza.
Esto del amor es un juego. Yo juego a que no te hago caso para que te fijes en mí. Tu juegas a que no te intereso para ponerme a prueba y ver cuanto me interesas. El otro juega a hacerse el interesante para atraer a su “presa”. El de más allá intenta mostrarse tal cual es y conserva la esperanza de que lo acepten de esa manera… El juego del amor es absurdo, pero necesario. Sólo que, en ciertos momentos uno se cansa de jugar. La ruleta (¿rusa?) está bien hasta el momento en que casi lo has perdido todo y ya no te queda mucho más que apostar. Es cierto que siempre puede venir una racha de buena suerte, pero precisamente por eso es necesario, en ocasiones, retirarse a tiempo. Aunque muchas veces estés completamente seguro de que una de las mejores apuestas era esa que, por desesperanza o cansancio o falta de “señales”, dejaste de hacer.